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HOMILÍA
(S.E. Monseñor Lorenzo Voltolini, Arzobispo de Portoviejo)
 
Hermanos y hermanas en el Señor
Las lecturas que la Liturgia propone el día de hoy, en Ecuador, fiesta de Santa Mariana de Jesús, nos ayudan a contemplar algunas virtudes cristianas que han tenido una vivencia clara y decidida en la vida de Mons. Stehle. 
 
El Evangelio de San Mateo recoge de los labios de Jesús y nos transmite la concretización de una de las bienaventuranzas: dichosos los sencillos de corazón. Dice aquí Jesús “¡Te doy gracias, Padre… porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla!”
Mons. Emilio Lorenzo, como muchos santos, ha sido un hombre sencillo, un hombre generoso, un hombre de paz.
Llamado por la providencia a enfrentar dificultades de todo tipo supo comportarse, como un seguidor de Cristo, con sencillez, con corazón de niño, pero también con mucha firmeza.
Llamado a las armas, durante la guerra (39-45), siendo todavía adolescente, fue prisionero de guerra en Francia, fue llamado a fungir de intérprete entre alemanes y franceses.
Enviado como misionero en Colombia, se puso del lado de los que más sufrían, y sin ánimo belicista buscó entender las razones de los rebeldes del Ejército Nacional de Liberación, haciendo amistad con el padre Torres, no por terrorista sino como pacificador sencillo, casi inocente e ingenuo.
Con corazón sensible intervino en la liberación de rehenes en Colombia y en Centro América, y logró liberar a muchos rehenes, cautivos de varias organizaciones guerrilleras armadas, y por su afán de salvar vidas sufrió graves traumas físicos, que lo obligaron a enfrentar varias cirugías a la columna, que se le había dañado llevando en hombros a una rehén, para sacarla en tiempo del hotel en que estaba secuestrada.
Cuando tuvo que asumir la difícil tarea de fundar una diócesis aquí en Santo Domingo… no dejó de ser una persona sencilla, capaz de admirarse de todo lo bello que encontraba, capaz de trabajar duro como si todo fuera lo más natural del mundo. Sabía sonreír y bromear hasta de sus peligrosas hazañas. Corazón sencillo y puro, era capaz de compadecerse de todo y poner en primer lugar al otro antes que su propia vida.
Hombre de grandes convicciones, sabía leer en los pequeños acontecimientos de su vida una presencia especial de la bondad de Dios. Así como Jesús quiso hacer entender a los bienaven-turados ciudadanos del Reino. 
 
La cruz pectoral
Con que admiración nos contaba como durante su período de prisión en Francia, a él, que conocía el Francés, le tocó hacer de traductor al Obispo francés que había visitado en el campo de concentración a los soldados alemanes y recordaba como ese Obispo había explicado el sentido que tenían los signos que llevaba en su cruz pectoral: una cruz que tenía forjados, junto a las piedras preciosas los signos de la Pasión de Jesús y que gran sorpresa tuvo cuando a su ordenación episcopal en Roma llegó el secretario de aquel Obispo, ya muerto, para ofrecerle esa misma cruz pectoral para que la recibiera cono signo de hermandad de parte de un Obispo Francés a un Obispo Alemán.
 
Entrada y salida de la diócesis
Quizás quiso imitar la sencillez de San Francisco de Sales, quien entró en su diócesis de Ginebra, (a fines del siglo 16). disfrazado de campesino y a lomo de burro, para no ser reconocido por los calvinistas que querían impedir su llegada a la diócesis que le había sido confiada. Mons. Emilio Lorenzo, en las vísperas de su entrada a Quito, para tomar posesión de su cargo de Obispo Auxiliar, llegó primero a Latacunga a visitar a Mons. José Mario, yo también tuve la gracia de recibirle y el día de su entrada, muy de madrugada emprendió el camino de Latacunga a Quito (100 Km) caminando. Recuerdo un particular que podríamos llamar profético, ese mismo día el Vicario General de Latacunga, que era Padre Wilson Moncayo, viajaba de Latacunga a Quito en carro. Encontró a Mons. Sthele ya por Lasso; Padre Wilson le insistió que aceptara ser llevado en carro al menos algunos kilómetros. Mons. Emilio aceptó, pero solo hasta los límites entre Cotopaxi y Pichincha en la bajada, ya, del cruce de cordillera.
Llegó a la ceremonia de recepción ya por la noche, cansado, pero puntual como un Alemán.
Y cuando a los 76 años de edad le llegó la aceptación de la renuncia que había presentado al Papa, quiso repetir lo que había hecho al entrar, se hizo una caminata de Santo Domingo hasta los límites más cercanos de la diócesis.
“¡Te damos gracias, Padre, porque has revelado a la gente sencilla los misterios más grandes y por ellos, estos misterios, son revelados a nosotros a veces menos sencillos¡”.
Estos gestos, que pocas veces el mismo ha comentado, han sido signos de que su personalidad, tan dedicada a las obras, tenía unos enganches contemplativos muy altos.
 
Accidente por la vía santo Domingo-Quito
Muestra de que Mons. Emilio Lorenzo fue un fiel cumplidor de lo que Jesús nos ha enseñado en la parábola del Buen Samaritano, puedo dar un testimonio personal: estaba yo acompañando en una furgoneta a un grupo de jóvenes voluntarios italianos. Estaba regresando de La Pampas hacia Latacunga, cuando se hizo una cola de carros parados. Pensé en algún deslave, pero me dijeron que era un accidente.
Una grande mancha de aceite en la carretera había hecho que algunos carros se deslizaran y chocaran en una curva peligrosa.
Bajé a ver, y vi a Mons. Stehle socorriendo personalmente a los heridos. No sé si estaba él yendo hacia Quito y Santo Domingo, solo vi que cargó a un niño y otras personas en su carro y se alejó en dirección a Santo Domingo. (buen Pastor, Buen Samaritano).
 
Una Campana en Portoviejo
Cuando Portoviejo en el año 1994 fue proclamada Arquidiócesis, con la sola prelatura sufragánea de Santo Domingo, Mons. Emilio Lorenzo vino a la promulgación oficial en la Catedral Metropolitana y trajo consigo una campana que hemos puesto junto a la puerta de la sacristía y ahora sigue anunciando el inicio de toda Misa.
El gesto tan sencillo como hermoso une in forma muy profunda las dos diócesis. ¡Gracias Mons. Emilio Lorenzo! En Portoviejo seguiremos recordándote cada vez que tocaremos esta campana.
 
Permítanme terminar haciendo al menos una referencia a la página del Apocalipsis que acabamos de oír en la primera lectura: “Yo Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva”. También vi que descendía del cielo la ciudad santa, la nueva Jerusalén, engalanada como una novia…
Y una gran voz decía:
“esta es la morada de Dios con los hombres;
Vivirá con ellos como su Dios y ellos serán su pueblo.
Dios les enjugará todas sus lágrimas
y ya no habrá muerte ni duelo,
ni penas ni llantos, porque ya todo lo antiguo terminó”
 
La Iglesia que Mons. Emilio Lorenzo soñaba en Santo Domingo y en América Latina era la misma que soñaba san Juan, el vidente. Anhelaba una iglesia engalanada de las vestiduras y joyas de tantos hermanos contentos y alegres, creciendo en paz en estas tierras Tzachilas. Soñaba una Iglesia al servicio de los más pobres, una Iglesia atenta a las necesidades de todos, donde brilla la luz de la verdad y la dignidad para todos.
 
Mons. Stehle, después de una larga enfermedad, purificadora ha llegado ya, con los ojos de la fe limpios, hechos más capaces de penetrar los misterios gracias al amor practicado en favor de los hermanos, él goza ya del Eterno amor.
 
Vuelve a nosotros tu mirada, hermano Emilio Lorenzo y vuelve a bendecir como un tiempo a tu pueblo Tzachila y latino americano. Vuelve a bendecirlo con esas manos llenas de caridad. Para que en la imitación de tus virtudes y ejemplos, logremos contemplar nosotros también la Ciudad de Dios que esperamos construir según los criterios y los tiempos del Señor.
 
Acompañados por nuestra Madre del Santo Rosario, que has querido poner como protectora de esta tu Iglesia, ayúdanos, intercediendo ante ella, a ser signos como tú, de operosa bondad y misericordia. Amén.
 

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